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martes, 2 de agosto de 2016

No sin mis pokémon

Resulta que llevaba yo unas semanas viendo por ahí a mucha gente por la calle, móvil en ristre y poniendo caras de emoción y pensaba que estaba siendo testigo de una avalancha de turistas con el gps sintonizado de aquella manera, vamos, que me daban ganas de acercarme y preguntar, con mi mejor acento británico, eso de "excuse me, madam, are you lost?" que me cascó una vez una señora adorable cuando yo hacía lo mismo, pero con un plano de papel doblado en picos absurdos, como si fuera un origami y con ese gesto medio alelado que se me pone a mí cuando no entiendo nada, en medio de un pueblecillo inglés que tenía el improbable nombre de Chorleywood.

Menos mal que no he intentado ofrecer mis fantásticos servicios de guía turístico a todas esas personas a las que yo compadecía, creyéndolos irremisiblemente perdidos, me he ahorrado una buena plancha y os aseguro que eso es de agradecer... De agradecer al hijo de una amiga, que me abrió los ojos (y mucho) al explicarme que no se trata de visitantes perdidos en busca del Museo del Prado... o el del Jamón, que también tiene mucha clientela, sino de ¡cazadores de Pokémon! Menos mal que me dio vergüenza acercarme a alguno, me imagino preguntando a una ancianita de plateados cabellos si se ha perdido y necesita ayuda y que me suelte "¡¡ríndete, Picachu!!" o "no te muevas, que tienes a Charmander saliéndote de la oreja"...

Porque poco más es lo que sé yo de esos seres siniestros... Recuerdo que, hace unos tropecientos años, cuando yo era más joven, pero no tanto como para perseguir bichos pringosos por ahí, dí clases a una niña que solía pasar los fines de semana "jugando ligas pokémon", con gran cabreo por parte de las amigas, que tenían otros intereses más prosaicos, como ir al cine, por ejemplo. Yo pensaba que eso de la liga pokémon era ponerse un disfraz absurdo y echar un partido de fútbol, pero no... había que reunir una baraja de personajes (pagando cada cartita al precio de una carta puebla) en distintas versiones (porque resulta que "evolucionan" y pasan a formas mucho más mortíferas y asquerosas) y ponerlos a pelear contra las barajas de otros niños al grito de "¡sólo puede quedar uno!"... ah, no, que esos eran los inmortales, era al grito de "¡hazte con todos", vamos, que las pagas y otros ahorrillos diversos iban íntegros a comprar sobres, como los de cromos, pero de cartas, o incluso a pagar algunas sueltas. Y venía bien especializarse en un tipo de criaturillas, porque las había de agua, eléctricas y de no sé cuántas cosas más. De hecho, si mi memoria no me falla (que lo hace, sobre todo cuando se trata de cosas tan surrealistas como ésta), había hasta uno que te atacaba con un puerro, sí, con un puerro, lo flipo...

En esas cartitas te contaba el tamaño y peso de tus mascotas, lo que podían hacer y algún datillo más que te permitían deducir cosas como que Picachu, el único que recuerdo de toda la patulea, con sus cincuenta centímetros de longitud y seis kilos de peso estaba, evidentemente, obeso y mal podría mantener un combate. Pero si hacías caso a los dibujos animados, todos tenían que caber en una bolita, del tamaño de una pelota de tenis, poco más o menos, todos ahí apretujados, pobrecicos... De ser de verdad estarían lloviendo denuncias por maltrato animal.

Lo de los dibujos era otra, que había una serie y nunca conseguí ver un capítulo, pero venía con un aura de peligro, porque aseguraban que en Japón se habían dado casos de crisis epilépticas en niños, de tanto destello y tanta porra frita. 

Luego llegaron los videojuegos, en los que había que hacer más o menos lo mismo, guardar bicharracos en tu bolita y luego hacerlos pelear con otros, creo. Y había unos cuantos jueguecillos, que todos tenían los mismos bichos y uno diferente o dos, no muchos más, así para "hacerte con todos" tenías que comprarte cuatro o cinco...

Todo esto ha quedado resuelto con la aplicación de marras para el móvil, ahora te mueves como en un google maps, si es que entendí bien y por ahí encuentras los animalillos, los capturas con tu bolita y eres muy feliz y te sientes muy realizada...

Lo malo es que pueden estar por cualquier parte. A lo mejor andas tú, dedicada a tareas tan nobles como, por ejemplo, cocinar un delicioso besugo y al abrir el horno ¡y te encuentras a Squirtle, corriendo grave riesgo de fallecer asada y con patatitas! O vas al pleno del Ayuntamiento, porque se van a tratar temas de importancia y ahí está Bulbasaur, esa especie de rana con una flor en el culo... Sólo de pensarlo me entran sudores.

Porque tú, indigno mortal que no tienes la aplicación, ¿cómo demonios averiguas si tu centro de trabajo está infestado y necesitas, bien una empresa plaguicida, bien una banda de adolescentes armados con sus smartphones para limpiar el lugar? De hecho, llevamos tiempo en la oficina bromeando con la posible presencia de un fantasma porque las luces gastan algunas bromitas y al final va a ser que tenemos un pokémon eléctrico, que chupa la corriente y por eso se nos apagan los ordenadores... Y la gente llamando al grupo "Hepta"...

El caso es que yo pensaba que sería testigo de cotidianas grescas por la calle entre gente que, frente al mismo bichillo solitario se lanzarían como posesos gritando consignas en japonés...Pero resulta que no, según el hijo de mi amiga no se acaban, si hay uno y trescientos jugadores, todos ellos lo pueden conseguir, basta con que no sean demasiado torpes con la bolita. Pues vaya plan.

¿Y eso de las poképaradas qué porras es? Porque un compañero me dijo que, a trescientos metros de la oficina, había una. ¿Qué se puede hacer en una poképarada? Según me han dicho, conseguir más bolas. Pero ¿no caben todos en una? ¡Qué lío!

Me pregunto cuánto consume la caza indiscriminada del pokémon silvestre. Imagino a todos los padres contratando unos cuantos teras para que los niños estén entretenidos en verano... porque digo yo que ya se habrán "hecho con todos" los que están en lugares cercanos a wifis gratis... como el bar donde desayuno, que ha ido ocupando progresivamente la puerta con carteles informativos: "local climatizado", fue el primero; "free wifi", el segundo. El último, por supuesto, es "local con pokémon". ¿Cuántos habrá? No me atrevo ni a preguntarlo, pero desde hace unas semanas, cuando tomo café, tengo la sensación de que algo se me sube por las piernas. ¡Iiiiiiiih!

Y no me queda la solución de antaño, irme al parque a relajarme porque ¡está lleno de cazadores de pokémon! A mí, que me gusta andar por ahí, rebuscando por si veo alguna plantita mona, incluso escarabajos y esas cosas, que en su entorno no me dan asco... Hasta temo salir con la bici por el campo, no vaya a atropellar a Pidgeot (o cualquier otro).

Pero lo peor de todo es que me conozco y sé que, pese a mi numantina resistencia, como esto dure mucho, lo mismo acabo con la aplicación en mi móvil y haciendo el panoli por la calle y pegándome contra las farolas, snif.

Lo dicho, que se hagan pronto con todos y se pase la euforia del pokémon, porque esto es un estrés y un sinvivir...


viernes, 8 de enero de 2016

Los Reyes Magos se pasan cuatro pueblos...

Después del revuelo que se ha armado con las cabalgatas de Reyes y ver la cara de aquéllos que esperaban juguetes y se encontraron con unos calcetines, no sé yo muy bien si decir algo, no vaya a ser que mañana me llegue una carta de Oriente diciendo algo así como "pues si eres tan lista, al año que viene te ocupas tú de repartir los regalos, so petarda" y eso sí que sería una putada.

... Porque claro, los que trabajamos como mulas podemos caer en la tentación de pensar que tiene que estar guay ser Rey Mago y currar una sola noche al año y poder dedicar los restantes 364 ó 365 días a mirar las estrellas, a ver si aparece alguna que merezca ser seguida... No sé lo que cobran Sus Majestades, pero seguro que está bien pagado, de lo contrario no llevarían más de dos mil años haciéndolo sin quejarse a su sindicato. ¿Se regirán por el convenio único? Algún año he intentado quedarme despierta para preguntárselo, pero no lo consigo...

Lo primero que he pensado es que, si buena parte de la tarea la desempeñan los pajes (recoger las cartas, guiar los camellos y muchas veces, subir los regalos, porque yo nunca he visto a los Reyes en casa, aunque una vez creí divisar la capa de Melchor por el pasillo - y era azul -, pero sí he visto a uno de los pajes en mi ventana, el año que me trajeron el disco de "Pinocho") ¿no sería ya el momento de reconocer que están desempeñando funciones de superior categoría profesional? ¿Podrían negarse a hacerlo en algún momento, alegando que es contrario a convenio?

Y es que estaréis de acuerdo conmigo, por muy Magos que sean Melchor, Gaspar y Baltasar a su edad, entre las barbas, las coronas-turbante, las túnicas y la capa, trepar por uno de esos edificios de veinte pisos de la calle de la Princesa, por ejemplo, tiene que resultar difícil. Espero que su manual de prevención de riesgos laborales les explique convenientemente cómo trepar doscientos metros por una escalera, con unas faldas largas y un saco con cuarenta regalos en la chepa sin sufrir luxaciones, contracturas y otras enfermedades que seguro les han hecho merecedores de un plus de peligrosidad.

En fin, que preveo una demanda a magistratura por parte de los pajes reclamando les sea reconocida una nueva categoría y los pobres Reyes sufriendo, en silencio, ante tamaña injusticia, snif.

Pero bueno, sean los pajes o los Reyes quienes pasen por vuestras casas ¿a que no tenéis el detalle de dejar siquiera la ventana abierta? Que si hace frío, que si son magos. ¿Os imagináis que un vecino avisara a la policía al ver a tres viejecillos abriendo una ventana y pasan la noche en comisaría? Porque a saber, con el follón que hay en Oriente Medio, qué nacionalidad tienen ahora mismo. ¡Hasta que se deshiciera el entuerto todos los niños esperando! Menudo plan. Además de todo lo que ya he dicho, tienen que añadir el sigilo, técnicas de camuflaje y algunas artes poco recomendables para entrar en casa ajena. Y nosotros ¿qué hacemos para ayudarles? ¡Dejarles una bandeja de polvorones! ¿Para qué, para que les entre sed y así beberse la leche? ¿Y si alguno es alérgico a la lactosa? Recuerdo que nosotros dejábamos unas copitas de vino dulce, seguro que les apetece más. Pero ¿qué les pasaría, en este caso, a partir de la cuarta o quinta casa? ¿Continuar el reparto medio txuzos? Ahí sí que correrían grave riesgo de caerse por la escalera...

Y otra, las zanahorias de los camellos. ¿De dónde hemos sacado que los camellos comen zanahorias? Supongo que, si tienen hambre, se comerán cualquier cosa, pero no me imagino yo a los beduinos del desierto alimentando sus rebaños con zanahorias... ¡Menuda pasta!

Total, que no sólo es peligroso, corren el riesgo de sufrir una demanda por parte de sus pajes y pueden acabar borrachos, con un shock anafiláctico y con diabetes, encima tienen que volver a casa con doscientas toneladas de zanahorias, así que ni siquiera les queda el consuelo de un retorno sin partirse el espinazo con el peso de los sacos. Vamos, que no me cambiaba yo por ellos, aunque sólo trabajen una noche...

... Que también está por ver, porque ¿cuánto lleva el viaje con toda la impedimenta? Que si los camellos se sientan, hartos ya de andar cargados de regalos; los pajes, de vez en cuando forman corros para discutir su situación. Seguro que más de una vez, a lo largo del camino, alguno se ha acercado a decir "vale, Gaspar, pero que sepas que esto no se encuentra entre mis funciones" o "que no, Melchor, que no subo a esa palmera para ir ensayando, que el que tiene que entrenar y rebajar esos kilos de más eres tú" y otras lindezas parecidas, que seguro llenan de congoja sus ancianos corazones. Yo calculo que un par de meses recorriendo medio mundo a dos por hora no se los quita nadie.

Y ¿qué me decís del tostón de las cartas? Porque yo me imagino tener que leer millones de misivas de niños que aseguran que ese año han sido muy buenos y me parto de risa... ¿Tendrán jeta? Y que se encuentren, de repente, con que se les ha olvidado el regalo de Pepita al lado de un pozo en Arabia o que no cogieron todos los libros que pedía Luisita y hay que volver y tener que cruzar otra vez yo qué sé cuántas fronteras. Los regalos ¿tendrán que declararlos en cada aduana todas las veces? Pooooooobres.

Además, una vez que llegan a destino no pueden hacer como todos los mortales cuando tenemos que viajar por trabajo: llegar al hotel, quitarnos los zapatos y tumbarnos en la cama un ratito, qué va, a ellos les toca subirse a una carroza y tirarse no sé cuántas horas ahí, de pie, con el peligro que tiene eso, tirando caramelos y poniendo buena cara, cuando seguro que les están matando los pies y les duelen las lumbares y ni se han podido lavar las manos y las tienen llenas de lana de camello, como mínimo. Y saludando, sin perder la sonrisa, para luego llegar a una tarima donde tooooodo el mundo podrá ver si llevan un lamparón en la túnica, que no han podido ni cambiarse de ropa, a saludar al alcalde de turno y soltar un espich que no sea "ay, mi ciática, estoy harto de leche y polvorones, sois unos gamberros y pretendéis que nos creamos que habéis sido buenos todo el año, avisad al portero y que nos dejen subir en ascensor, podió", nooooo, qué vaaaaaaaaaaa, tienen que decir "sabemos que sois buenísimos, comeos rápido la cena, dejad los zapatos preparados y a la cama enseguida". Vamos, que de ser yo Baltasar, me bajaba de la tarima y me iba a cenar por ahí y luego a dormir yo, pues no faltaba más.

Pues no, entonces toca empezar el reparto. ¿Cómo harán para no confundir los paquetes de uno con los de otro? Porque yo me imagino que alguien, por error, recibiera las estupideces que suelo pedirles yo a los Reyes y me encantaría verle la cara que se le iba a poner... la misma que yo, si al abrir uno de mis paquetes, me encuentro, por ejemplo, una tostadora.

Y luego, a hacer mutis por el foro, que nadie se molesta en esperarles, a primera hora de la mañana, con un café y unas porras, por ejemplo, para darles las gracias y desearles buen viaje de vuelta. Unos desagradecidos, eso es lo que somos.

Vamos, que tras mucho pensarlo, he decidido que no quiero hacerme Reina Maga, aunque sólo curre una noche al año. Además de agotador y estresante, de tener que aguantar un montón de sinsabores y de trolas, luego ni agradecido ni pagado. Lo dicho, el trabajo de Rey Mago, aunque no lo parezca y venga lleno de lucecitas, purpurina y espumillón, es un estrés y un sinvivir.