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jueves, 18 de diciembre de 2014

¿Peatistas? ¿Ciclotones? ¿Petardos? ¿Y el móvil?

Una de las cosas que se me ha quedado más grabada de mi breve estancia en Amsterdam es el sonido breve y brusco que produce una bicicleta cuando se lleva por delante a un turista despistado que se pasa por el forro la norma no escrita, según la cual son los ciclistas los que tienen la preferencia en los cruces. Algo así como "¡¡¡cloooooooooooooonk!!" Y cuando miras te encuentras a alguien, mejor dicho, a dos álguienes, esmorruñados en el suelo: uno, el atropellado, debajo de la bici; otro, el atropellante, a un lado, ambos valorando el alcance de sus contusiones.
Y es que, por mucho que me intenten vender la burra, no veo yo nada claro lo del desplazamiento urbano en bici y que me perdonen los progres, no porque no me guste, que me encantaría, poder ir de aquí para allá pedaleando, ahorrarme la pasta que me cobran por el abono transportes, mantenerme en forma, que ya lo decía un antiguo anuncio de la tele, "el que mueve las patitas para arriba y para abajo sube sus pulsaciones a niveles a veces hasta preocupantes" (bueno, creo que no era exactamente así, pero cogéis la idea ¿verdad?).
Porque Amsterdam es una ciudad llana, pero, en serio ¿vosotros seríais capaz de subir desde el parque de Atenas al Palacio Real sin que se os saliera el hígado por la boca? ¿Que sí? ¡Tururú!
Suelo prestar atención a los carriles bici o esos que llaman "ciclables" y últimamente a unos símbolos arcanos que aparecen pintados en la calzada y que representan una bicicleta y un número treinta metido en un circulito... que supongo serán los ciclistas que han fallecido, bien atropellados por un autobús, bien al salir disparados por intentar atravesar muy deprisa un paso de peatón de esos con escaloncillo.
El caso es que, al menos en Madrid, tengo la sensación de que tales vías "pecuarias" (al fin y al cabo las transitan "semovientes") han sido diseñadas por un sádico: o bien te meten por un paso elevado  y para atravesar una avenida tienes que dar una vuelta de quince o veinte kilómetros, o son tan estrechitos que, si pretendes recorrerlos con ambas manos sujetando el manillar te asoman los codos y se los lleva pegados al retrovisor alguna furgoneta, o cuatrocientos millones de vehículos te adelantan a velocidades que superan con creces el treinta ese pintado en el suelo... y todo ello subiendo y bajando unas cuestas rompepiernas que te pasas, que dejan el Angliru a la altura del betún.
Y claro, cuando voy por ahí y veo la hilera de cargadores de bicis eléctricas y todas esas zarandajas con que nos proveen para que reduzcamos la contaminación, ganemos en autonomía, ahorremos dinero y nos pongamos en forma, me parto de risa, imaginándome a mí misma, intentando llegar, por ejemplo, a la glorieta de Quevedo sin echar el bofe.
No obstante, los fanáticos de la bicicleta salpican el paisaje urbano, inasequibles al desaliento, haciendo frente al monstruo del tráfico armados únicamente con un casco que sienta como el culo, de feo que es y, en algunos casos, con una mascarilla que no sé si les quitará algo del humerío cotidiano pero que sí les tiene que ahogar fijo... ¡Oh, mis héroes! ¡Sabed que tenéis un lugar en mis oraciones!
Luego ya no me hace tanta gracia cuando tengo que recorrer las aceras de algunas zonas del centro sorteando bicis y más bicis amarradas con cadenas de diez centímetros de grosor a las farolas y a todas esas vallitas decorativas, tan monas ellas... y cuando me fijo, veo que a unas les falta el sillín (y me imagino que lo habrá retirado el sabio propietario, para que no se lo mangue algún listo y luego se rompa el culo al volver a casa), a otras, la rueda delantera (y aquí no tengo muy claro si se la llevó a la oficina su dueño o a su casa un transeúnte desocupado), vamos, que parece como si algún artista urbano estuviera montando una escultura llamada "Decadencia" o cualquier otro título igualmente "original".
Digo yo que será por eso, para evitarnos que tengamos que ir dando saltos por la acera para no pisar bicicletas, o para que no se las roben por partes, que tampoco tiene que hacer ninguna gracia, por lo que algunos dueños te las plantan hasta la cocina y llegas a tu casa y hay alguna en el portal, otra en el cuarto de contadores, tres en el pasillo y si intentas subir en el ascensor y te toca compartirlo con el vecino del segundo, que es muy deportista, no cabes y una rueda te restriega las gafas y te las llena de barrillo. O vas en el metro y tienes la sensación de estar en Pekín o en Tokio, que me pregunto para qué tienes tu propio vehículo y tantas vías públicas para utilizarlo, si vas en metro... En fin, esas cosas que se me ocurren a mí, que no me puedo estar tranquilita a lo mío en ningún momento. Snif.
Bueno, pues a pesar de todas estas inconveniencias, lo dicho, yo miro con simpatía a los ciclistas, que bastante valor tienen... o los miraba... o sólo a algunos, no lo tengo yo ya muy claro.
Porque desde hace unos años vengo observando un crecimiento desorbitado de cierta especie, a la que no sé si llamar "peatistas" o "cicletones", porque circulan indistintamente por calzada y aceras, dando por saco tanto a conductores como a viandantes.
Los hay a montones por el barrio, despendolados, unas veces aterrorizando a las viejas que van por ahí, tan tranquilitas, otras provocando infartos a los conductores que ven, con horror, cómo se les cruzan por delante o por los lados, se saltan los semáforos... o los cruzan, o cualquier otra tontuna que se os pueda ocurrir.
Luego dicen que si tienen que ir por la acera es porque los coches les amenazan y ponen su vida en peligro... y para eso nuestra excelsa municipalidad venga a hacer carriles y carriles y más carriles, que para mí sería más práctico que los hicieran para bípedos, que iban a estar más transitados y dejaran que estos "ciclotones" de las narices se expandan por el resto de la ciudad pero que, al menos, no nos atropellen.
Y ya la palma se la llevan los que, encima de ir por ahí haciendo el besugo, aprovechan las manos que tienen libres (yo tampoco lo entendía hasta que lo vi, palabrita) para ir mandando whatsapps a diestro y siniestro, mientras el que va detrás con el coche jura en arameo, porque no puede girar a la derecha (o a la izquierda) o la viejecilla embastonada que sólo quiere llegar viva a su casa, intenta acelerar el paso, escena que, si no fuera porque no tiene maldita la gracia, resultaría bastante divertida y perdonadme la paradoja, pero es que yo soy así...
Supongo que, igual que durante el último cuarto del siglo XX se llevaban las comidas de trabajo y en ellas se cerraban los acuerdos más importantes, en la segunda década del XXI deben primar las bicicletas de trabajo, porque por la forma en que manotean algunos al tiempo que guasapean o hablan al modo tradicional tengo la sensación de estar siendo testigo de la firma de alguna declaración de guerra o una OPA hostil o algún oscuro negocio de los que es mejor no enterarse.
Al final, dado que por la acera corro grave peligro y sólo de pensar todo lo que tengo que subir para llegar a cualquier lado si lo hago pedaleando, opto por lo de siempre, coger el autobús o el metro... Y dejo la bici para mis recorridos por los caminos de mi pueblo, como ya habréis comprobado algunos que recibís los reportajes gráficos de mis andanzas deportivas y un tanto cansinas. Allí no tengo que preocuparme por que se me lleve calzada un coche ni porque me lleve yo a alguna señora colgando del guardabarros trasero. Y cuando voy jadeando como un perrillo, me alegro infinito de no tener que ponerme una mordaza-mascarilla, porque no hay coches que me atufen... Todo lo más, me caeré (y de hecho lo hago) en algún charco o me esmorraré al intentar esquivar una perdiz despistada. Y si quiero mandar un guas, que lo hago, pues me paro y no doy el tostón a nadie. Y si alguien me llama por teléfono, pues se fastidia, porque yo necesito las ocho manos pegadas al manillar.
Bueno, me diréis y todo este rollo ¿para qué? Pues para concluir que por mucho carril bici, mucho alquiler de bicicletas eléctricas, mucho límite de velocidad y tal, tener que bregar todos los días con peatistas y ciclotones es - y nadie me apeará del burro en esto - un estrés y un sinvivir.

martes, 18 de noviembre de 2014

¿Seo... de Zaragoza?

Resulta que estaba yo tan feliz, dedicada a una de mis aficiones que es, como bien sabéis, no parar de hablar ni debajo del agua, bien sea de tú a tú o por las redes sociales, cuando mi amigo Ignacio me comenta, bastante disgustado, que ahora hay una cosa que se llama "seo" (o algo parecido) y que viene a ser, más o menos, que si nuestros buscadores favoritos te la etiquetan, tú ya no molas, ni nada y los internautas se alejan de ti, no vaya a ser que les pegues la "seoez" y nadie les quiera y sufran grandemente, snif.

Como bien podéis imaginar, de primeras no entendí absolutamente nada, porque la única seo que conozco es la de Zaragoza, donde alguna vez voy a ver la capilla de Santo Dominguito del Val, que es el patrono de los infanticos del Pilar. Además, yo no tengo publicidad en mi blog, que bastante rabia me da encontrármela en la tele, para pringar con anuncios esta paginita tan blanca y remona, que ni fotos tengo, salvo la de cabecera. Y ya puestos, tampoco recomiendo las páginas de otros, ni pongo links a nada, que el único propósito de esto es dar salida a mi incontenible verborrea sin que nadie me suelte "pero... ¡cállate de una vez, so plasta!", pues me quedé tan pichi, pensando que aunque no me había enterado cosa, por otra parte, bastante habitual, seguro que todo el rollo de los seos y requeteseos positivos, negativos y/o neutros no tenía nada que ver conmigo. Ilusa, más snif.

Porque dado lo que una ve últimamente por ahí resulta que, para asomarse a la web, hay que rellenar una instancia por triplicado, entregarla en la pertinente ventanilla, ignoro dónde, acompañada de una póliza de vete tú a saber cuánto (cuatrocientos pavos mínimo), un certificado de penales y una declaración jurada por la que te comprometes a no decir palabras sucias, ni hacer comentarios poco caritativos sobre la gente que te cae mal o incluso sobre la que te cae bien y te deja, ni cantar canciones guarras, so pena, como decían los documentos medievales, de que te pongan un maligno cacharrillo que yo me imagino como una pegatina con una carita triste, porque has sido muy remalísima y tus padres te van a echar la bronca cuando llegues a casa...

Para colmo, no puedes decir, como antiguamente, que la seño te tiene manía, porque nadie tiene muy claro quién es exactamente la seño y casi mejor ni saberlo, porque muchas veces, cuando me asomo a la Red, pienso que detrás de ese Gran Hermano que todo lo ve, aunque no deba, lo oye, aunque lo malinterprete y lo hace botar y rebotar por los repetidores del mundo mundial, se quedará, al final, como Oz, el Grande y Poderoso en la peli antigua, de Judy Garland, que era un tío bajito y regordete escondido detrás de una cortina. Así que, quién sabe, lo mismo esa autoridad que califica como malo, remalo y requetemalo porque dices cosas tan terribles como "caca" o "culo" es la loca esa que en el colegio pasaba el mocho justo cuando tocaba subir a clase y encima mugía, porque le pisabas lo mojado...

En fin, que si algún día, cuando intentéis entrar en el blog os sale un cartel que diga "Está a punto de entrar a un blog con contenidos gravemente perniciosos para su salud mental" o "Aquí no va a encontrar usted más que chorradas", "La autora muge" o, incluso "Tonto el que lo lea", espero que eso no os desanime de seguir leyéndome, porque a mí, desde luego, no me va a impedir seguir diciendo todas las estupideces que se me ocurran que, como bien sabéis, no pasan de ser una interpretación miope y bastante lela de la realidad (espero) que me rodea.

Tened por seguro que yo haré lo mismo con vuestros queridos textos y me importará un rábano si ponéis palabrotas, vuestras opiniones no son políticamente correctas, los links que recomendáis conducen a páginas redactadas por bizcos o si os sacáis un moco mientras escribís.

Que, tócate las narices, vamos a tener que acabar escribiendo nuestras historias en octavillas y repartiéndolas por las noches de puerta en puerta, porque seguir todas las normas que cada diez segundos se actualizan en la Red es, no me lo neguéis, un estrés y un sinvivir.

martes, 16 de septiembre de 2014

Y ahora, si eres tan lista, descárgate todo..

Ya sé que vais a decir que soy una cansina, que siempre estoy hablando de lo mismo, pero es que ya hace varios días que volví de las vacaciones y todavía no he conseguido vaciar el móvil de cartelitos, fotos, vídeos y demás zarandajas, que en cuanto intento hacer algo normal con él (llamar a mi madre, por ejemplo) me mira con esa carita tan mona que tiene y se parte de risa, el muy asqueroso. Y si miras la capacidad, resulta que te quedan 17 kilobytes y medio y no te caben las fotos de la familia y demás eventos trascendentales, porque está todo lleno de avechuchos con cara de locos y el consabido cartel de "ola ke ase" y otras tontunas parecidas, normalmente quintuplicadas, porque cada mensaje ingenioso te llega por diecisiete vías. Qué poco originales que somos, de verdad.

Pero eso no es todo... Resulta que, como tienes la costumbre de veranear en sitios sin wifi... a no ser que se la mangues a los colegas, que están un poco hasta la pelotilla de ti y tu expresión lastimera del gato de Shrek, pero no saben como decírtelo, porque son, en el fondo, buenos chicos, pues no te puedes descargar todo lo que te mandan, porque te quedas sin datos. Luego vas y te arriesgas, lo descargas y el vídeo en cuestión era el de "la que has liao, pollito", que ya te lo han mandado cincuenta y tres personas más en los últimos diez minutos.

No sé qué os pasará a vosotros pero, en mi caso, entrar en mi galería es descorazonador. En el apartado "vídeos de la cámara" no hay nada decente, porque soy tan torpe que no consigo grabar ninguno o, si lo hago, es una guarrería y se me corta a los diez segundos (¿será que tengo limitado el tiempo a eso? ¿será que no cabe más en la memoria del móvil? Lo ignoro, snif). Yo, que pensaba que iba a registrar auténticas maravillas, para ganar todos los premios de largometrajes grabados con el móvil, me encuentro con que tengo como mucho tres birrias que ni se ven ni se entienden o donde, en todo caso, sale un manchurrón en movimiento (menor no averiguar quién o qué es) y se me oye, de fondo, diciendo una inconveniencia o alguna ordinariez, que se me da de vicio.

Pero es peor el apartado de "whatsapp videos", porque ahí siempre hay ciento noventa y ocho, pero como sólo se ve un fotograma que no es, necesariamente, el primero, me los tengo que ver y requetever para saber cuál es el que quiero conservar y cuál borrar... Y me diréis "pues bórralos todos, so merluza, ni que fueran dignos de un Oso de Oro" pero eso, claro está, sería muy fácil... Porque mi sobrina me manda algunas monadas que hace ella, de vez en cuando llega uno gracioso... vamos, que entre la porquería hay alguno que mola. Pues no sé cómo me las arreglo, pero siempre es el que borro, en vez de las dieciocho versiones del pollito.

Para colmo, siempre se me ocurre empezar con la limpieza de vídeos cuando estoy fuera de casa y por mucho mis amigos me dejen la wifi, no pueden hacer lo mismo con el cargador del móvil, así que, después de toda la tarde haciendo el memo, me quedo sin batería y es el momento en que recibo esa llamada que llevaba varios siglos esperando y cuyo autor tiene que soltarle el rollo al buzón de voz...

... Buzón que llevo meses sin abrir, por lo que, para enterarme de lo que me quieren decir tengo que escuchar treinta y dos mensajes viejos, que ni sé de qué van y se me pone una cara de mema, con el cacharro pegado a la oreja que os podéis imaginar.

En fin, que no sé qué demonios hacer con los puñeteros vídeos. Si los guardo, malo, si los borro, peor, si los veo, estoy tonta, ¡malditas peliculillas, parece que habéis sido creadas para amargarme la vida!

Bueno, pues si lo de las animaciones es una gaita, ni os cuento las fotos. ¿Cuántas recibo al día? Probablemente unas cincuenta, mínimo. Encima, como tengo varios grupos y algunas personas están en más de uno, me pueden enviar el mismo chascarrillo unas seis veces en un lapso de tres segundos... Luego que si mujo, en serio ¿vosotros qué haríais ante tamaño bombardeo informativo?

Estos últimos días me impuse la disciplina de revisar las fotos y borrar todas aquellas que no fueran estrictamente necesarias para el buen funcionamiento de mi "paratejo"... Con desastrosos resultados, porque todas me parecen bonitas, graciosas, tiernas u originales y lo más que he conseguido ha sido pasar de ochocientas a setecientas noventa y cinco. ¿Cómo borrar a tus amigas? Semejante traición debe ser inmediatamente castigada con varias maldiciones. ¿Y a tus sobrinas? ¿De verdad tienes corazón para borrar a tus sobrinas? ¡Pero si son guapísimas! ¿Y los pies en la playa? ¡Con la de horas que pasas tratando de averiguar a quién pertenecen! ¿Merece la pena renunciar a tanta diversión por unos pocos bytes?

Al final decidí que lo mejor era conectar el teléfono al pc, descargarlo todo y hala, así podría recuperar sitio en la tarjeta para las chorradas de la temporada otoño-invierno.

... Pero no vayáis a creer que es tan fácil. Ahora me encuentro con que, no sólo sigo teniendo la memoria petada, sino que he llenado mi carpeta de imágenes del ordenador de estupideces mil veces repetidas (más snif).

Y es que, por mucho que me ocupen la memoria las fotos y los vídeos, lo que realmente me la peta son las malditas aplicaciones. Vamos a ver ¿para qué demonios quiero yo una aplicación que me dice si las sandías están maduras? ¡Si siempre las compro ya partidas! ¿Y esas novecientas que venían ya por defecto? No sólo es que no las haya usado nunca, ¡es que ni siquiera sé de qué van! Pero todos los días me encuentro un cuadradito que me dice que tengo que actualizar no sé cuántas historias que, obviamente, si no sé ni lo que son o cómo se llaman, mal voy a poder desinstalarlas.

Bien os podéis imaginar el final de esta triste historia: borré los vídeos que no quería, guardé las fotos de los pies para no volver a mirarlas más, llené mi ordenador de porquerías repetidas y todo para tener que comprar un día de éstos una nueva tarjeta de memoria...

Aun a riesgo de resultar pelmaza, insisto, mi vida era mucho más sencilla antes del esmarfone. Esto es un estrés y un sinvivir.

viernes, 16 de mayo de 2014

Una maraña de cables...

A principios de este siglo fue galardonada con el Ignobel (antinobel, lo llaman en otros sitios, ya sabéis, ese premio que se concede a los estudios científicos que, aparentemente serios, resultan ser una chorrada como la copa de un pino) una investigación que concluía que los cables, hilos, espaguetis, cuerdecillas y cosas similares estaban condicionadas molecularmente para acabar hechas un embrollo de toma pan y moja...
Supongo que muchos de los trabajos que obtienen el Ignobel son muy difíciles de verificar para los legos en la materia, como yo, porque, a ver, de qué forma puedo comprobar la importancia de los armadillos como agentes alteradores de los yacimientos arqueológicos y, desde luego, no estoy dispuesta a experimentar si determinados mohos son o no capaces de recorrer laberintos; pero creo que todo el mundo está de acuerdo con los autores del estudio de marras, más que nada porque me juego las orejas y no las pierdo a que cada uno de vosotros tiene en casa un buen mogollón organizado por varios miles de cablecillos que le va a llevar siglo y medio desenredar.
Esta tarde mis propias gafas han sido testigos de semejante estupidez: tenía que cargar la batería de la tablet para poder instalar cuatro o cinco millones de actualizaciones (cosa habitual cuando llevas unos días sin utilizarla) y al abrir el cajón he tenido la sensación de sumergirme en el universo de la tarántula peluda del Amazonas y sus primas, pues eso parecían todos los cables que estaban ahí metidos, un nido de arañas gordas y patudas.
Me han venido a la cabeza recuerdos de cuando el electricista cambió la instalación de la luz en mi casa, que levantó una de esas tapitas que hay pegadas al techo y lo que asomó por ahí me hizo decir "¿qué es eso, la toma de tierra o una viuda negra?" cuando era, en realidad, una guarrería que llevaba ahí escondida varias décadas... iiiiiih, me dan escalofríos sólo de pensarlo... Pero bueno, eso le tocaba apañarlo al chispas, cosa que hizo, como dicen en los libros, con sumo esmero y diligencia.Como que ahora, si levantas esas malditas puertecillas, lo que te encuentras, en vez de un montón de patas negras, es un montón de patas azules, rojas, verdes, en fin, una monada, en lugar de un nido de arañas parece te asomas al cesto de las lanas de tu abuela y te entran ganas de hacerte un jersey.
En fin, he echado mucho de menos a Juanpe, el electricista, con el que hice buenas migas porque le gustaba el palique tanto o más que a mí (ya sé que diréis, los que me conocéis, que eso es muy difícil pero ¿estabais allí para corroborarlo? No. Pues os fastidiáis y me creéis), pues su habilidad para deshacer nudos traspasó fronteras. ¡Si yo tardo hora y media en cambiarle los cordones a unas zapatillas! Pero claro, si le llamaba para esto me iba a salir la recarga de la tablet por una pasta y no era cuestión. Así que he pensado "¿quién dijo miedo?", como dice mi madre. He procurado coger todos los cables juntos... y he sacado del cajón no menos de ochenta y siete metros de enredujos, además de quince o veinte enchufes, puertos usb, cargadores diversos y hasta un cacharrito de esos que sirve para cargar la batería de una cámara... Todo de una vez. Hala, venga, que no decaiga. Como que, por un momento, he pensado que del último de todos iba a colgar un chihuahua que, probablemente, me mordería un codo según estaba moviendo todo ese mogollón.
Total, que me he pasado como una hora de reloj tirando de aquí, aflojando de allá, pasando esta clavija por aquel bucle y deshaciendo nudos que aparecían por todas partes nada más que para fastidiar y he ido liberando el cargador de una videoconsola, la conexión del e-book, un cargador de móvil viejo, el cable de la cámara de fotos, una clavija multiusos que no recuerdo ni haber comprado, la conexión del smartphone (que me ha hecho pensar que llevo siglos sin pasar unos doscientos millones de fotos que me han mandado por el guasap y la próxima vez que alguien diga "Muuuuuuuuuuu!" me va a petar la memoria), otro cargador de otra videoconsola... y otro. Pero bueno ¿tengo yo tantas videoconsolas? Sí, snif, soy una friki, que recuerde tengo al menos tres. Pues me sobra un cable. Sospecho que alguno de mis sobrinos lleva una larga temporada sin echar una partida con la PSP. Pooooobres.
También han aparecido otros muchos que ni idea de qué son, palabrita y los de las consolas tienen la marca grabada por algún sitio, pero estos son los cables más anodinos, anónimos y aburridos que os podáis imaginar. Eso sí, todos están hechos un lío, Ignobel dixit. Soy consciente de que debería aprovechar la ocasión para tirarlos por el váter y recuperar algo de espacio en el cajón, pero llevo muchos años viviendo conmigo misma, los suficientes para saber que, en el momento que los tire, descubriré el artilugio al que alimentan y será, por ejemplo, la batidora o la máquina de depilarse las narices y me harán falta. Las dos máquinas. A la vez. Más snif.
¿Notáis algo raro en esta relación? ¡Síiiiiiiiiiiiiiii! ¡Efectivamenteeee! El cable de la tablet no estaba en el montón. Lógico. A saber dónde demonios lo he metido. Pero con toda esta puñeta me he pasado la tarde jugando a desatar nuditos, a lo mejor me sirve de terapia para la artrosis... Lástima que no tenga... Ni artrosis, ni cable, ni forma de actualizar mis aplicaciones, sólo un cabreo monumental por lo desastre que soy.
Porque aquí estoy, con la tablet conectada al portátil (el cable de conexión sí ha aparecido), a ver si se carga de una vez y no me consuela pensar que todos los demás cablecillos están ahora bien enrolladitos y colocados, porque gracias a los malditos Ignobel ya sé que, todo lo más el sábado, estarán otra vez hechos un follón de padre y muy señor mío y cuando vaya, por ejemplo, a descargar un libro, tendré que emplear otros quince mil años en desenredar todo otra vez para, al final, descubrir que el cable que me hace falta no está ahí y tendré que apañarme otra ñapa, como hoy, para resolver el problema.
Y lo peor de todo es que seguro que hay otro cajón en casa, no sé cuál, donde todos estos malditos trastos se han escondido, probablemente para reírse de mí. Cualquier día, al pasar por delante del mueble del salón oiré "jejejejejeeeeeeeeeeeeee", así, muy bajito, abriré uno de los cajones y ahí estarán, los muy asquerosos, enredados unos con otros y tendré que perder una tarde entera, como hoy, en ponerlos en orden.
.. Pero, por supuesto, en ese momento no tendré necesidad de conectar el e-book o cargar la tablet, lo que querré será jugar una partidita al "Angry birds" y no podré, porque el cable que necesite no estará allí...
Cómo añoro aquellos tiempos en que bastaba con tener un cuaderno y un boli o cuando los trastos funcionaban con pilas, porque esto de tener que cargar las baterías y no encontrar jamás el cable correspondiente, estaréis de acuerdo conmigo, es un estrés y un sinvivir...

martes, 18 de marzo de 2014

Sándwiches vegetales de pollo...

Antes de que empecéis a protestar y a preguntarme dónde demonios me había metido, tantos meses y meses sin colgar nuevas gilipolleces en éste, mi blog y el vuestro, voy a dejar zanjado el asunto diciendo la verdad verdadera de tanta aparente desidia: el perro se comió los últimos posts. Me diréis que es un tanto difícil y, sobre todo, que sabéis de muy buena tinta que no tengo perro, pero os aseguro que es absolutamente cierto. ¿No me creéis? ¿Y alguna vez habéis pretendido que vuestra maestra se tragara lo de los deberes? Pues sí que estamos buenos...


Hala, todo resuelto. Ahora vamos a lo que interesa.


Seguro que, al leer el título de esta entrada, pensaréis que, definitivamente, la última neurona que me quedaba sana se ha vuelto del revés y está haciendo el lelo por el teclado del ordenador. Pero os juro que podéis encontrar cosas así de absurdas con que os asoméis por la estación de Atocha, como yo, incauta, hice el otro día.


Resulta que tenía que coger un tren para Parla y no me había dado tiempo a comer, así que me metí en la única cafetería o lo que fuera que estaba abierta, me cogí una cocacola y me puse a leer los paneles, para elegir el bocata que me pensaba zampar. Y entonces lo vi, el colmo de la "nouvelle cuisine", ¡sándwiches vegetales de pollo! Y a continuación ¡sándwiches vegetales de atún! Impresionante.


Pensando que, con toda probabilidad, la cocacola que me estaba bebiendo contenía algún alucinógeno, me acerco al mostrador y le pregunto a la dependienta "¿tienes bocadillos vegetales de pollo?", convencida de que me iba a contestar "pues no, ¿me has visto cara de idiota?". Así que me quedé de piedra cuando me dijo, toda seria, "sí". Y yo, completamente descolocada, le pregunté otra vez "¿puedo verlos?" y ella, empezando a mosquearse, me señala el expositor, como si estuviera loca...Y me voy al cristalito de las narices a ver varias hileras de relucientes bocatas, todos bien colocaditos y monos. ¡Allí estaban, los jodíos! Camuflados entre los de tortilla, los de jamón con tomate y otras exquisiteces, estaban esos pequeños impostores, metidos en pulcras bolsitas blancas, como si la cosa no fuera con ellos, detrás de un cartelito plastificado que, efectivamente, rezaba: "sándwiches vegetales de pollo". Y a su lado, también como disimulando, sus primos, los "sándwiches vegetales de atún".
Yo seguía sin tenerlas todas conmigo, así que, a fin de poder verificarlo más tarde, en casa y con las gafas bien relimpias, le hice, a la ya mosqueada camarera, otra nueva pregunta del millón, a saber, "¿puedo hacerle una foto a los bocadillos?". Porque tenía miedo de que tan ridícula visión desapareciera en cuanto mirara a otro lado. Y la pobre mujer, un poco harta ya, me dijo que sí, con lo que hice la foto probatoria y ya no se me escapan, malditos cabrones. Ahora todo el mundo puede ver lo que yo vi y quedarse igual de alucinado que yo...
Porque... ¿sabéis de qué eran esos malditos bocatas? Pues de pollo con lechuga. ¿Y los otros? Pues de escabeche. ¿De qué iban a ser, si no?
Así que me puse a mirar la bandeja detenidamente, mientras la pobre dependienta ponía cara de estar a punto de llamar a los vigilantes de la estación para que me trasladaran al psiquiátrico más próximo, acompañada de los bocadillos, eso sí. Pero no vi nada más interesante. No había otros de jamón de berzas o uno de verduras carnívoras... Aunque empiezo a sospechar que los hubo. Al fin y al cabo yo llegaba allí a las tres largas, cuando casi todo el mundo ha comido ya y lo único que quedaba en el expositor eran los restos. Lógico. ¿Quién se iba a comer un bocadillo vegetal de pollo pudiendo chascarse uno de tortilla, que no engaña a nadie?
Y lo cachondo es que los rótulos eran bilingües y en inglés sí que estaban bien: "chicken with salad", ponía (vamos, eso dijo mi hermana, que tiene mejor vista que yo, cuando le enseñé la prueba testimonial).
Total, que pensando, pensando, por fin he comprendido por qué me saben tan raros los sándwiches vegetales cuando me como uno ¡porque no son vegetales! Pero probad a hacer lo contrario. Pedid un bocadillo de lomo con pimientos y ya veréis como no es de acelgas. ¿A qué se debe esta incoherencia? ¿Quién gana saboteando con atún nuestros bocadillos vegetales? ¿Existe, acaso, una red internacional de falsificadores de verduras? ¿Tiene datos sobre ello la agencia europea que cuida de nuestra seguridad? Lo ignoro, snif.
Pero sí he entendido algo, el por qué mis conocidos vegetarianos abren el sándwich antes de probarlo y ponen siempre la cara de ir a encontrarse un gusano dentro... ¡Porque una mano negra trata de envenenarlos! Y luego, alguno de ellos, en un susurro, te confiesa que, años atrás, al ir a aderezar su rúcula, se encontró debajo, con cara de no haber roto un plato, medio conejo al ajillo... o la vez que intentaron convencerle de que el entrecot que le traían era una gigantesca col de Bruselas. Y con eso tienen excusa para hacerte probar a ti las croquetas, no vaya a ser que, en vez de boletus, sean de jamón serrano y haya alguien descojonándose de risa detrás del mostrador.
Pues imaginad, eso pasa con los vegetarianos, que toman leche, huevos y esas cosas. ¿Qué malvados tejemanejes se traerán con los veganos? ¿Les esconderán gambas entre las almendras para poder, luego, jactarse ante sus amigos de la bromita?
En fin, pues pensad, ya puestos, que os habéis tirado media hora en una cafetería, haciendo el merluzo y elucubrando sobre los bocadillos, mosqueando a la camarera, que estaba a punto de cerrar cuando vino a visitarla una loca que, de repente, mira el reloj y dice "¡joder! ¡que no llego!, le deja el dinero de la cocacola encima del mostrador y sale a toda pastilla, a coger el maldito tren de Parla.
Y claro, cuando le cuentas a los amigos que acabaste en el tren a las cuatro de la tarde, sin haber comido, para tirarte luego cuatro horas liada y volver a casa a las diez de la noche, sólo porque los bocadillos vegetales tenían carne, piensan que lo grillada que estás sí que es un estrés y un sinvivir.