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jueves, 19 de septiembre de 2013

Un basilisco en las tuberías

¿Recordáis la segunda novela de Harry Potter, "La cámara secreta", donde un basilisco malvado y pringoso recorría Hogwarts utilizando las cañerías como autopistas y petrificaba a todo el que se le ponía por delante? Pues bien, tengo sospechas bien fundadas de que una de sus crías, o tal vez un primo suyo, se ha escondido en las bajantes de mi casa.
... O tal vez sea el que criaron los protagonistas del divertidísimo libro de Manuela Jiménez, que se escapó de la jaula antes de tiempo y por eso no consiguieron obtener la piedra filosofal. Que se fastidien.
Una lástima, porque dejarte los cuernos para conseguir una pintura de oro con la que decorar los frescos de una iglesia y encontrarte con que, al final, todo es una mierda y el mural se te cae a cachos tiene que sentar bastante mal... Casi tanto como encontrarte, año tras año, con que tienen que abrirte las paredes porque el bicho de marras araña los tubos con las patas, o los muerde, o lo que sea y las llena de agujeritos.
Y es que, por mucho que J.K. Rowling se empeñe, el sistema de conducción de aguas no es hogar para un pobre bichito mitológico incomprendido. Muy estrecho, huele mal y para mí, humilde usuaria del sistema, es una gaita.
En serio ¿vosotros os imagináis teniendo que vivir en un tubo estrecho, donde no puedes estirar los brazos, llenándote las narices con las repugnantes excrecencias de toda una comunidad de vecinos? No me extraña que esté deseando asomarse por la taza del váter para cargarse, con la mirada, a cualquier incauto que tenga el descaro de mearle encima, o algo peor.
Bueno, a lo que iba. Resulta que el basilisco lleva varios años dando por saco en la casa y como insistimos en llamar al fontanero en vez de Harry Potter, pues él se limita a localizar el daño - maomeno -, llamar a su primo el albañil, pegarle zambombazos a la pared hasta abrir un boquete y hacer la ñapa pertinente o cambiar el tramo de tubo y hasta la próxima... que suele ser a los pocos meses.
Mientras, la mítica serpiente de las narices, se limita a subir un poco más arriba y a seguir dejando lindos huequecillos como testimonio de su paso, por los que, al cabo de un tiempo, vuelve a colarse el agua y a dejar otra fermosísima gotera en otro lado... o en el mismo, porque el tío es caprichoso y no se puede predecir por dónde va a ir... Por eso, cuando limpio el baño, siempre me imagino que me voy a encontrar, flotando en el agua, unos ojos amarillos y que eso será lo último que vea, motivo por el que siempre acabo la limpieza a toda velocidad y ligeramente acogotada. Así que ya sabéis, si me veis salir del váter con cara de susto no será por lo que me haya encontrado dentro de la taza (que, al fin y al cabo, siempre viene a ser, más o menos, lo mismo) sino a lo que temo que aparezca algún día.
Y la cosa, cuando la cuentas, tiene hasta su gracia, pero cuando la vives es una puñeta frita, os lo aseguro.
Primero, encontrarte reiteradamente con que tu pared, o tu techo, o tu rodapiés, están llenos de pringue, da una rabia horrorosa y significa que: a. se te ha vuelto a joder la pintura, con lo que te costó encontrar ese tono melocotón - o rosa chicle, amarillo canario, verde fluorescente o lo que os hubiera apetecido en su momento -; b. el suelo se te va a llenar del polvillo de la susodicha pintura y lo vas a arrastrar con los zapatos por mucho que pases el mocho; c. la casa te va a oler como una cuadra durante un temporada; d. vas a tener que aguantar ahí a un tío dando con un martillo a la pared, levantando más polvo, abriéndole otra ruta más de entrada al basilisco - y a las cucarachas, ag - porque, por supuesto, aunque el tío te jura, por las cenizas de su fogón que hace el agujero, repara lo que sea y sin dilación te cierra, luego siempre pasa que, una vez hecho el arreglo, el albañil está en Aybendito de la Vera o cualquier otro sitio lejano, no encuentra ladrillos del tamaño adecuado en la ladrillería de guardia que hay a la vuelta de toda esquina que se precie y ahí se queda la boca del infierno, indefectiblemente con un fin de semana entre medias, mientras tú montas guardia con una linterna - para las cucarachas -, una estaca y un espejo - para el basilisco - durante días y días.
Segundo, tener que cambiar un par de veces al año el color de las paredes puede acabar generando daltonismo. En enero es verde, en abril, burdeos, en octubre, blanco roto y tú nunca estás satisfecha, hasta que, si encuentras el tono adecuado, naranja butano, por ejemplo, llega la siguiente mancha y el tono ya no están en catálogo y vuelta a empezar.
Tercero, te viene el administrador con la milonga de que el vecino de abajo está inundado y que hay que abrir a la de ya... justo cuando tú tienes un lío de pelotas en el trabajo y no puedes ponerte de acuerdo con la troupe de fontaneros, albañiles y pintores y encima parece que la culpa es tuya. Que yo me pregunto ¿por nunca son conscientes de que yo, que tengo que sufrir los ruidos del derribo, tener abierta una puerta al inframundo - con el riesgo para mi alma inmortal que eso conlleva -, sufrir una y otra vez los repintes, que las paredes son ya metro y medio más gordas que hace diez años, todo ello sin que la avería sea cosa mía, soy tan víctima como el que, al fin y al cabo, sólo necesita una pasadita de rodillo por el techo, que normalmente suele ser blanco? Y siempre me miran con cara de "¿y a mí que me cuentas?" y no contestan a mi pregunta. Snif.
De verdad, espero que me pille el basilisco de una maldita vez. Así, cuando vuelvan la próxima ocasión con la misma historia y entren en casa, ahí estaré yo, petrificada y, por lo menos, no oiré sus tonterías. Sólo espero que me dé tiempo a componer una peineta con una mano, por si no está lo suficientemente claro lo harta que estoy.
Claro que, a lo mejor, con tanta obra, el monstruito acabe por sentirse incómodo y se largue a la casa vecina, a darle el coñazo a otra incauta como yo. Os aseguro que estoy tan harta que no me sentiría culpable, ni nada, si el problema le cae a otra persona. A lo mejor a mí me lo pasó el del portal de al lado. No sé, tengo que preguntarle, pero no sé cómo entrarle sin que piense que estoy loca.
Y aquí estoy, viendo cómo puedo faltar un día al curro y elevando silenciosas plegarias a varios santos para que el agujero esté en un lugar accesible, para que no tengan que abrir del suelo al techo (¿Por qué no fabrican las tuberías de algún material indestructible, como el titanio?), configurando en mi cabeza absurdas combinaciones cromáticas imposibles y rabiando porque el de abajo no hace más que meter prisa. Pestes.
Malditos sean el basilisco, la Cámara de los Secretos, la piedra filosofal y su abuela en bicicleta. Resolver el problema de las humedades domésticas es, sin ningún género de dudas, un estrés y un sinvivir.