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lunes, 28 de febrero de 2011

Nuevos límites de velocidad, ¿pa qué?

Llevo un par de días ojiplática, como dice una amiga, con la nueva medida para la recortar el consumo de petróleo. Sí, ya sabéis, eso de reducir la velocidad máxima en autopistas y autovías a 110 Kms hora. Y, claro está, se me ocurren muchas cosas:
La primera es cómo convertir esa velocidad, en kilómetros por hora a otra más asumible, como leguas por ratejo. Ya sé que vais a pensar que estoy más pallá que pacá pero es que, de verdad, esta cuestión me ha dejado tan perpleja que trato de recuperarme del estado catatónico obligando a mi mente a realizar sucios jueguecillos, como el cambio de unidades que ya propuse en una de mis últimas entradas. No me servirá de nada pero, al menos, me entretengo. No como vosotros, que estáis ahí mano sobre mano, ociosos, más que ociosos.
La segunda es si esta vez me daréis, por fin, la razón, y convendréis conmigo en que es mucho más práctico viajar en mula, pues a todas las ventajas que ya enumeré, hay que añadirle que no te multan por exceso de velocidad. No se las puede meter en autovía pero, de verdad, ¿para qué queréis meter una mula en la autovía? ¿Es que estáis tontos?
La tercera y última es que, los que estamos condenados a conducir en hora punta, no llegaremos jamás a desarrollar esas velocidades de vértigo (snif). Así que, a lo mejor, podría rebajarse más aún la velocidad, por ejemplo, a 4 leguas por hora (máomeno), que viene a ser lo que recorremos entre nona y vísperas, en fin, lo que tardamos en volver del trabajo. Vendría a ser como lo de los niños pequeños, "ñeñeñeñeñe, que a mí no me jode, porque ya estoy jodida de antes". Penoso, pero sublime, a la vez.
¿Alguno de vosotros se comió el marronazo del puente de la Cea, el otro día? Porque yo sí (mas snif) y, la verdad, hubiera dado mis ahorros queridos, si los hubiera tenido, por llegar a poner mi humilde bishillo a 110. Jajá. 110 veces me escuché el cedé que llevaba, que no es lo mismo. Nunca, hasta entonces, había pensado que podía llegar a cansarme de los "Shocking Blue" y su "Nunca te cases con un ferroviario". Y es que, bajo la presión adecuada, todos los mitos caen. Qué penita, maaaadre.
Pues eso, tres horas para que, encima, me desviaran a la M-40, maligna vía que te lleva  donde ella quiere, no donde tú necesitas. Lo bueno era que todo el mundo andaba tan despistado como yo, sin saber en qué carril ponerse, porque todos eran los de los  tontos (el mío más, como siempre). Me hubiera gustado saludar a los otros conductores, para darles ánimos, pero pensé que, lo mismo, creían que buscaba plan, así que no hice nada... salvo intentar leer los carteles por los que iba pasando y que, según ellos, te llevarían en un pispás a cualquier sitio incomprensible (a ver, ¿a dónde va a parar la P-8300? ¿Y la R que R?). Lo único que quedaba claro era cómo volver a San Fernando, para salir de nuevo al atasco. ¿Por qué no? Hay gente a la que le mola.
En esos casos, cuando consigues leer un nombre que te suena - no sé, "Jacometrezo", por ejemplo-, hay que ver la ilu que te hace, te crees que has encontrado a un viejo amigo y que el mundo vuelve a ser tuyo... Tururú. A todos los demás les pasa lo mismo que a ti, es la única calle que conocen de todo el galimatías ése de "preseñalización con señalización para señalizar una señal que no señala nada porque se ha roto" o algo así, que te contaban en la autoescuela, qué tiempos aquéllos, así que salís todos por la misma y, hala, como en procesión. a 20... (centímetros por hora).
Ya sé que alguna va a decir que, por los Madriles, somos todos mutantes y estamos acostumbrados a comernos tamaños marronazos sin morir de un patatús y, en cierta medida, tiene razón. Lo malo es cuando te pasa como a mí aquel día: que te estás meando desde que has salido de la ofi. ¡Qué maaaaaaaaaaaaal!
En fin, que a pasito de tortuga reumática, hasta el gorro del disco que llevaba puesto, sin tener ni guarra de lo que había pasado (síii, yaaaa, me vais a decir que por qué no puse la radio; pues muy fácil: porque se me olvidó sacar la antena del maletero y no sintonizaba una mierda) y, encima, haciéndome pis, hubiera dado las gafas, que es la más valiosa de mis posesiones, por poder poner el coche a 110, aunque sólo fuera un ratito. A eso se le llama relatividad (¿relativiqué?).
Así que, si queréis estar contentos a pesar de la nueva medida, seguid mi consejo, no tenéis más que pasar vuestra vida en un continuo y repugnante atasco. Si conseguís sobrevivir sin que os suba la tensión, el colesterol, los triglicéridos, las transaminasas y las paredes (bueno, por las paredes os subís vosotros), os dará igual, porque el nuevo límite velocidad será para vosotros como lo del viaje de vacaciones a Marte: algo que oís por ahí pero estáis seguros nunca se va a producir.
Entiendo que es una mierda, pero oye, cada cual se consuela como puede. Porque yo no sé si vamos a ahorrar mucho petróleo, pero esto va a ser un estrés y un sinvivir.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Noo, no me pillas en mal momento (¡jodío!)

Creo recordar que ya os hablé de mis problemas con los teléfonos. Lo que se me olvidó contar en aquel momento, ya que estaba más ocupada en plasmar la confusión que me embarga cada vez que tengo que enfrentarme a tropemil artilugios de forma, tamaño y color semejantes, pero muy varias funciones, es que mi manía se extiende también a todo aquello susceptible de emitir un sonido que podamos definir como "timbre" (no postal, ni de voz, no me jodáis), uséase, la pueeeeta (dingdong), el despertador (pipirripipí), el horno (¿ping?) e incluso, si me apuráis, las bicis (ringring) desde que a la peña le ha dado por circular por la acera.
Vamos, que todo lo que suena de forma medianamente estridente para llamar mi atención, me toca mucho un pie y aunque podría exponer aquí un tratado enormemente argumentado sobre el tema, que alcanzara la categoría de clásico en la materia y demás, me limitaré a exponeros un par de motivos, para que veáis que no se trata de manías de locahistéricagordabizcamuuu, sino que estáis, incluso, de acuerdo conmigo y me dáis la razón para que me sienta feliz y siga deleitando vuestros ojos, con aquestos mis fermosos escritos.
En fin, menos rollos: odio los timbres porque siempre me sobresaltan, porque la persona que está tras sus irritantes sonidos me pilla en mal momento y porque, en el fondo, me gustaría vivir en aquellos silencios de antaño, cuando nuestras abuelas decían que "pasaba un ángel" (¿andetá?) y los únicos blandos murmullos que turbaban nuestro reposo eran los cencerros de las mulas y los ronquidos de los gorrinos. Qué tiempos aquéllos (snif).
En serio: ¿Verdad que, cuando el microondas suena, porque la leche ya se ha calentado, os acabábais de sentar? Y ya no se levanta una con la rapidez de antaño: ahora jode y, encima, todo cruje. Ya se podía haber quedado callado el horno, para beberte un vaso de leche, mejor que se te olvide, de verdad, si fuera una birra... y esa no la calientas. Pues no, primero pegas un salto, porque se te ha olvidado la taza, luego gruñes un poco (gronflegronfle), pero nadie responde a tus gañiditos y, al final, tienes que ir a por la leche que, para entonces, se ha quedado fría, así que vuelta a empezar. Ahora no te sientes, petarda, que puedes tirarte así toda la puta noche, jugando al pilla-pilla con un artefacto repugnante, que ni piensa ni nada.
¿Qué más podría deciros? ¿A que el timbre de la puerta sólo suena si estáis, a) cagando, b) en la camita - entonces es el de correos, con prisa, que se larga antes de que tu llegues a abrir y te toca ir a recoger la carta de las narices a la oficina, mierda -, c) durmiendo la siesta como unos benditos? Este último caso es el más desagradable de todos, porque el timbre te pega un susto que te cagas - y eso que es de dindón y no de prrrrrrrr, como antes -, se te sube el corazón a la boca y, cuando por fin abres, el del contador del agua te mira con cara de estar contemplando una aparición. Son las únicas ocasiones en que alguien me llama de usted y yo creo que es por miedo a que le muerda.
Pero la palma, cómo no, se la lleva el teléfono. Yo creo, seriamente, que mister Bell capturó un espectro maligno en los cables, que luego mutó a las redes inalámbricas y que ahora se dedica a joder por donde puede, a todo aquel sufrido ciudadano del mundo con una o varias líneas de teléfono, es decir, a todo quisque, menos algunos benditos que aún siguen sin contaminarse (¿cómo pueden? Pues porque van a llamar a casa de su vecina, que está hasta la polla porque le molestan, no sólo sus llamadas, sino las del petardo que quiere vivir tranquilo. Hay que joderse).
Tengo ejemplos que podrían poneros los pelos de punta, pero sólo diré unos cuantos,  que luego me llamáis coñazo:
A ver, por ahí hay uno, no cito nombres, que tiene una costumbre de mierda: llamarme a las ocho de la mañana, para preguntarme cosas de trabajo, cuando estoy de vacaciones. Imaginad el resto. Ya sé que me diréis que apague el móvil por la noche, pero eso sería muy fácil y, además, de copardes. Lo que tenéis que hacer es llamar a horas decentes, coño. Ni los ingleses cometen tamaña felonía. Por supuesto, el patatús que te da cuando suena el artilugio de los huevos es de órdago, hasta que lo encuentras, que siempre está lejísimos (¿por qué será?) y ves que es el petardo de siempre.
Sí, ya lo sé, podría, sencillamente, colgar, para que se dé cuenta de que me está jodiendo y piense "¡oh, por ventura! ¿Estará mi Elenita de vacaciones?" y deje el rollo para otro día. Pero no, eso también sería de copardes: hay que descolgar e intentar, incluso, que la voz te salga modulada y armoniosa ("¿digaaaaaaarg?"), pero no te sale, porque ayer te olvidaste de lavarte los dientes (una de las múltiples excusas que puedes poner) y lo que se oye es una especie de graznido cazallero. Lo justo para  que el otro sepa que te ha despertado y que te estás cagando en sus muelas y las de sus ancestros hasta la época de la reina Lupa o así. Pero no ceja en su empeño, no, te cuenta lo que te tenía que contar, te pone la cabeza como un bombo y, para cuando cuelgas, se te ha pasado el sueño, te has puesto de mala leche y tampoco era para tanto y encima tienes hambre y te haces pis. Snif.
Otra llamada fufenda: boca llena de garbanzos, delicioso cocidito madrileño y, zaca, la petarda de tu amiga "¿no estarás comiendo, verdad?" y tú, llenando de perdigones el auricular, le dices, "ya estaba acabando, no te preocupes" en vez de, "¿tú a qué putas horas comes, guarra?". Lo mismo, te cuenta su vida, en este caso, al contrario que en el anterior, se te quita el hambre, porque todo se ha quedado frío y, si tratas de calentarlo, el timbre del microondas te hará pegar un salto y volverás a jurar en hebreo (grñgrñgrñ).
¿Qué otros momentos inolvidables te jode el teléfon? Pues imaginadlo, joder (exactamente). Y claro, no puedes decir, "llámame en otro rato, que me pillas follando", porque se te ha cortado el rollo con el timbre. Tienes que decir que estás, en ese momento, subiendo unas escaleras y que de ahí el "arf, arf". Claro que, si te llaman al fijo y vives en un apartamento, no cuela. O caen enseguida en lo que han hecho y cuelgan rápidamente, o se creen que estás cagando y se parten de risa. Encima, cabrones.
Y claro, no olvidemos cuando, en el último minuto de la peli o, si os mola el fútbol, justo cuando marca Pelé (sí, ya sé que hace mucho que no veo un partido), musiquillas perversas te joden la jugada y tiras el teléfono por la ventana al grito de "gooool" y te toca bajar a la calle a por él y, casi siempre, comprar otro nuevo porque se ha hecho fosfatina, o te quedas sin saber, después de cuatro horas sentada en el sofá, con el culo plano, si Escarlata O'Hara volvía o no a pasar hambre o, si la peli es porno, si se casan al final.
Ya, si a esto añadimos que, ni por la calle puedes ir tranquila porque, al sonido de ringring, dos adolescentes cabalgando en una bici, el de atrás de pie, te hacen echarte a un lado, ¿qué es lo que pasa? Pues eso, efectivamente, que los timbres alteran tu vida, siempresiempresiempre te pillan en mal momento y, como es lógico, esto es un estrés y un sinvivir.

martes, 15 de febrero de 2011

Puñadejos, chorrillos y palmos

¿Os habéis fijado la cantidad de unidades de medida diferentes que existen, todas ellas incomprensibles? Parece que nos hubiéramos confabulado para no ligar ni papa en este tema y claro, así nos luce el pelo, que andamos todos más despistaos que un pulpo en un garaje.
Por ejemplo, ¿por qué coño la tele se mide en pulgadas? ¿Vas a andar plantando dedazos en la pantalla para saber el tamaño que tiene? Y encima, la medición tiene que hacerse en diagonal. Pues sí que estamos buenos. Si lo que queremos es que sea enorme y nos quepa en el mueble y para eso, la medimos de ancho y de alto... Y en palmos.
A ver, ya sé que hay gente muy meticulosa, que antes de ir a comprar la tele, mide el hueco que tiene para instalarla y, a continuación, mete el metro en el bolso. Estos dos gestos serán, no lo dudo, maravillosos, pero no cuadran conmigo. Cuando llego a la tienda, no me acuerdo del tamaño que necesito, así que la miro un poquito de acá, otro de allá y luego calculo que un par de palmos o tres tiene que ser la altura. Y, hasta hoy, nunca me faltó espacio para colocar la tele. Vamos, tampoco es que haya colocado tantas, que no soy una obsesa de la televisión.
En fin, que no sé yo por qué cojones tenemos que creernos que mide ochocientas pulgadas, cuando es mentira, sólo nos han dado los datos de la hipotenusa y el resto del triángulo nos lo tenemos que apañar nosotros. Venga a aplicar el teorema de Pitágoras (era el de Pitágoras, ¿no?) y a ver, qué alguien me explique si en su colegio le tocaba resolver el coñazo éste de los triángulos rectángulos en pulgadas. Tururú.
Mi santa madre, hace muchos siglos, me dijo que un palmo, máomeno, equivalía a 20 centímetros. Será el suyo, que yo tengo las manos rechonchas y los dedos cortos. Pero bueno, con esa estimación, calculo que un poco más de mi mano son esos veinte centímetros y, a base de experiencia y de prueba y error, he conseguido superar bastante bien este contratiempo. Vamos, que paso de pulgadas y otras medidas chorras, me quedo con el palmo, que va bien. De hecho, algunos presumen mucho de un palmo, pero ésa es otra historia (de fantasmas).
¿Y qué me decís de los líquidos? Resulta que lees una receta y te dice que añadas "10 decilitros de aceite". A ver, ¿quién coño tiene en su casa infraestructura para medir un solo decilitro? ¿Cómo se traduce eso en medida de madres? Ya sabéis, sus recetas son "echa un poco de esto, otro de la otra cosa y luego, según tú veas, lo rectificas de sal y le añades el agua que necesite". Bueno, pues ese mensaje críptico es, para mí, mucho más claro que el de "añada diez putos decilitros de aceite" que, a saber, en qué mente degenerada se coció (y nunca mejor dicho lo de cocerse). ¿Dónde quedaron las cucharadas, cucharaditas, cucharadas soperas, lo que quepa en el hueco de la mano, el vasito pequeño y esas mucho más naturales medidas, que nos permitían finalizar con éxito cualquier receta? Han sido engullidas por el monstruo de las pesas y medidas, salvo en algunos libros que, lo reconozco, nos sacan del aprieto, pero deprimen bastante, porque siempre se titulan "cocina para inútiles" o "cocina para tontacos" o "para vagos", "para lerdos", "para bizcos", "para calvos"... en fin, un piropeo constante y eso que son los únicos que tooooooodos entendemos. Snif.
Por eso, creo que, para líquidos, es mucho más eficaz utilizar como medida el chorro. Acudo a vuestra memoria visual, ¿a que sabéis exactamente lo que significa "un chorro"? Y eso que esta medida es variable, dependiendo de si se trata de un chorro de ginebra en el cubata, de vinagre en la ensalada o de fairy en un ojo cuando fregabas los cacharros, torpe, más que torpe. Se puede matizar en chorros y chorritos, aunque ahora, por mor de cierto programa de televisión, también se pueden utilizar los "chorrazos".
Y las libras, ¿qué os parecen las libras? Las libras a Inglaterra. Bueno, en mi no lejana juventud (más snif), llamábamos libras a las monedas de veinte duros (también conocidas como chocolatinas, gambas y qué sé yo más). ¿Cuándo podremos añadir a una tarta "una libra de mantequilla? Aparte de lo que engorda, ¿qué jodía cantidad es eso? ¿Un ladrillito de los que venden en las tiendas, medio? Lo ignoro y por eso mi repostería es un asco (por eso y por más cosas, para qué os voy a engañar). Aquí, yo creo que sería eficaz acudir a alguna de aquellas medidas que se usaban antiguamente en Castilla: por ejemplo, medio celemín de mantequilla (¡hala! ¿Dónde vas tú con tanta mantequilla?), porque una fanega de mantequilla sería ya para la mayor tanda de magdalenas que hubiérais visto en vuestra vida. Pero como comprendo que me diréis que, en realidad, el celemín del marco de Castilla no es exactamente igual que los que pudieran utilizarse en Lugo, os propongo una medida standard mucho más cómoda: el puñado. Al fin y al cabo, si lo que te gusta te lo comes a puñados, ¿por qué no vas a utilizar esta medida para cocinarlo? Con decir el número de puñados que necesitas para cada cosa., que luego te laves las manos y que sólo lo uses para medir sólidos (un puñado de vino, por ejemplo, puede hacer un apaño en una salsa, pero no creo que llegue a la cacerola. Si alguno lo intenta y le sale, que me lo cuente, porfi). Si el puñado es pequeño, pues echar un puñadejo (o puñaejo, que suena mejor).
También propongo que, para medir distancia, se utilicen medidas mucho más prácticas, como "aquí al lado", "cerquita" (esta medida varía entre las personas de Madrid y las de pueblos pequeños, comprobado ante notario), "allá arribotas" o, para largos recorridos "a tomar por culo". Se hará uno una idea mucho más clara. Porque, vamos a ver, no me digáis que tardáis siempre lo mismo en recorrer, por ejemplo, seis kilómetros, porque no es verdad. Si hay un huevo de curvas tardáis más, como todo hijo de vecino. Pues, aunque el gps, a quien lo tenga, le diga que la distancia es la misma, en la realidad es la diferencia entre "aquí al lado" y "allá arribotas" y, en nuestro mapa mental (si es que eso existe) está más lejos. Coño.
Desterrados los kilómetros, no quiero extenderme con los metros. Teniendo en cuenta que he escuchado las definiciones más variopintas sobre lo que es un metro (de medir), desde "la diezmillonésima parte del meridiano terrestre" (¿esto sirve para algo?) hasta "la distancia entre los dos extremos de una barra de platino e iridio que está en el Museo de Pesas y Medidas" (¿y esto? jodó), creo que debemos olvidarnos para siempre de él, ya que tenemos medidas mucho más claras, como "el cuerpo un indio", "la manga un abrigo" y otras muchas.
Una vez, incluso, escuché que si cogías una tela y, sin estirarla, medías el tramo entre tu sobaco izquierdo y la punta de los dedos de la mano derecha, venía a ser como dos metros. No me creo nada de nada, pero me mola la unidad de medida sobaco-dedo. A ver si la aplico para calcular el espacio cuando vaya a instalar una estantería.
Con el tiempo, pasa lo mismo: aunque se utilice el mismo en todas partes, es un rollo guiarte por él. Cuando estás copiando un archivo, por ejemplo, te dice: "faltan 15 segundos" y eso lo pone durante tres horas o empiezas a contar y en tres se ha ventilado. Las horas ¿qué deciros de las horas? No tiene nada que ver la que te tiras esperando a un plasta, que habíais quedado a las 6 y son las 7, con la que pasas viendo una peli ("¿yasacabao?"), por lo que yo propongo que midamos el tiempo en ratos, ratejos y ratos largos. Es más cómodo que las horas canónicas, que en un tiempo estuve tentada de utilizar, pero maitines me pillaba como el culo. En fin, que en un ratejo haces un huevo frito, en un rato una ensaladilla y el rato largo lo destinas a grandes obras de arte, como las croquetas o las albondiguillas. Y todo el mundo sabe, exactamente, a qué hora plantarse para que les des de comer. Y si no, que se lo digan a mi primo Javi, que cuando empieza a preparar la paella (y hay que cortar las verduras) está más solo que la una, pero cuando el arroz ya se ha puesto regonito, tiene amigos por doquier, que surgieron de la nada. Zampas, que sois unos zampas.
Y bueno, no me extiendo más, pero para esas medidas infinitesimales que estudiábamos en el cole (milímetros, micras y todo lo más enano aún), yo creo que la medida "una mierda" o, incluso "una birria", es perfectamente útil y podemos olvidarnos de la regla de medir.
Creo que ha quedado todo bastante claro, pero me queda una cosa por decir: seguro que ninguno recordáis todas las unidades de medida que se estudiaban  en  física, hasta algunos pusieron su nombre a algunas y quedaron para la posteridad lindezas como el "culombio", que ya le vale. Una profesora mía intentó enseñarnos una melopea con los nombres de todas, que empezaba algo así como "iba don Ergio montado en su Caballo de Vapor, que hacía Kilowat, Kilowat, Kilowat" y ya no me acuerdo de más, ni me importa, que conste, porque nada de eso sirve para nada. La corriente, en calambrazos, la fuerza, en empujones, la velocidad, en cagandostias, la temperatura, en quemepelos... en fin, lo que se os ocurra, siempre tendrá más lógica y, además, dado que existen tropemil de las oficiales, es obvio que ninguna cumple el carácter unificador y normalizador (oigs, qué cursi) que se le pretende. Por tanto, mis unidades propuestas, además de sacar a la gente de la perplejidad en la que lleva sumida durante años por la inconsciencia de algunos, puede que alcancen el status de norma ISO.
Y no estaría mal, porque cada vez que veo mi recibo de la luz y compruebo los kilowatios consumidos y su puta madre, o el del agua y me dice no sé cuántos metros cúbicos (¿cuánto es eso en duchas?) no puedo, en realidad, saber cuánto he consumido, si la lectura está bien tomada, si me están timando y eso, qué queréis que os diga, es un estrés y un sinvivir.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Yo es que la historia me la estudio sin fechas...

¿Alguna vez habéis intentado recordar las fechas que os enseñaron en el cole, en clase de historia? Porque no sé vosotros, pero yo soy de la generación en la que las fechas "había que estudiárselas". Y venga a hacer cronologías: que si Pedro IV reinaba en Aragón mientras Enrique II hacía lo propio en Castilla, que si Felipe II era contemporáneo de Isabel I de "la Ingalaterra" y mogollón de cuadritos comparativos que ponías bien regonitos en tinta de colorines y tal.
Y resulta que ahora, te pones a pensar todo aquel enorme batiburrillo de fechas y sin coñas ni correr ahora mismo a buscar un ejemplar de esa "Breve historia de España" que todos tenemos en el váter ¿cuántas te salen? Porque a mí, por mucho que me esfuerce, unas cinco y todas tan obvias que dan asco: la caída del Imperio Romano de Occidente, la de Constantinopla, la toma de Granada, la Armada Invencible, la Revolución Francesa, la pérdida de las colonias (¿jaaarl?), con generación incluida y la Guerra Civil. Poco más. Bueno, sí, alguna más, pero no tantas como cupiera esperarse en mí, oh prodigio de la memoria. Cuánta neurona desperdiciada, de verdad.
El caso es que, si me paro a pensar un poco, van aflorando más y más fechas, se ve que, en contra de lo que muchos podéis pensar, no desperdicié mis años de estudiante en juergas y francachelas (Snif). Pero la triste realidad es que, si alguien, de repente, me pregunta cualquier cosa facilita como, por ejemplo: "¿Cuándo fue la derrota de Gettysburg?", tengo que decirle que, lo importante, no es el momento exacto en que ocurrió, sino la derrota en sí, soltarle una disquisición sobre la inutilidad de la guerra y del sufrimiento humano y luego, mientras mira distraídamente para otro lado porque está hasta las pelotas, aprovechar para buscarlo en Google y no perder así mi fama de repelente. Va a ser que una se hace vieja.
Pero lo peor no es esto, sino cuando te preguntan sobre algo de lo que has sido testigo. Porque entonces sí que no te acuerdas de nada ni por el forro y tienes que acudir a absurdos trucos mnemotécnicos y enormes circunloquios mentales para dar una respuesta que no suene a despiste lisérgico.
A ver, ejemplos:
Hace poco alguien me preguntó la fecha del asesinato de Carrero Blanco y en vez de decirle "el 20 de diciembre de 1973" (que creo es la correcta, pero no estoy segura), le solté algo así como: "pues creo que yo tenía 6 años, así que debió ser en el 73... sí, en el 73, que estaba en primero, porque la fiesta de Navidad que nos tocaba - porque fue cerca de Navidad- era la de sacar juguetes de un saco y ésa sólo nos la hicieron en primero. Y tuvo que ser como el 19 ó el 20, porque nos adelantaron la fiesta, que tenía que haber sido el día que nos daban oficialmente las vacaciones, porque declararon luto oficial, o algo así, y no hubo colegio". Total, media hora dándole el coñazo al incauto preguntón para que, al final, tuviera que tomar nota del rollo patatero que le solté y, contando con los dedos, sacar él o ella la fecha. Con lo bien que me hubiera quedado si toda esta perorata nada más la hubiera pensado, mientras ponía cara de póker ("accediendo al ordenador central, procesando, procesando"), para acabar diciéndole, "hacia el 20 de diciembre del 73, pero no sé el día exacto".
Como veis, es mejor que no me preguntéis ninguna fecha, porque os podéis encontrar con un discurso, no de siete palabras, como ésos que decían en Semana Santa, sino uno bien fermoso, de quince o veinte horas, nada más que para averiguar un dato que, en realidad, os la pela bastante.
Pero no os creáis que yo soy la única plasta, eh, aquí cada uno tiene que apechugar con lo suyo. Intentad vosotros contarle a alguien qué día pasó cualquier acontecimiento histórico y ya veréis lo que os pasa:
Si tuviérais que decirle a alguien el día que cayó el muro, me juego las orejas a que, a continuación, le contaríais lo que estábais haciendo en el justo momento en que os enterásteis de la noticia. Y ni os cuento si os pilló comiendo y ante la tele, entonces diríais eso de "vi en directo al tío aquel de la maza, mientras me comía un bocata de cabrales". Y lo mismo os pasará con la final de los mundiales de Suráfrica. Dentro de poco necesitaréis una agenda para recordar el día de julio (¿10? ¿11?) y, con más tiempo, puede que hasta el año. Pero siempre le contaréis a vuestros resignados descendientes (y por siempre quiero decir, miles de veces, pobres), en qué bar o con qué gente estábais viendo el partido, el berrido que pegó no sé quién y dónde fuísteis a continuación a pintaros la cara de colorines y dar saltitos.
De verdad, haced memoria ¿quién no recuerda que la noticia de tal o cual hecho histórico importantísimo le pilló haciendo caca? Pero ¿podría decir la fecha exacta? Únicamente si empieza a contar la batallita: "sí, estaba yo en el váter, porque tenía gastroenteritis - siete días, de verdad, qué mal lo pasé, pero adelgacé seis kilos -, cuando mi prima la coja me empezó a decir: ¡Robustianaaaaaaa! ¡Que se ha caído la torre de Pisa al maaaaaar!, pero yo no podía levantarme de la taza... y cuando salí, ya estaba todo lleno de escombros. Pues sí, tuvo que ser en juliembre, hará como tropemil años, más o menos, no estoy segura, pero si quieres, te lo busco".
Ahí está el quid de la cuestión, no sólo le pegas la turra al pobre oyente sino que, después, tienes que ir a buscar el dato y, para colmo, él no puede interrumpirte a la primera diciéndote: "hala, tía, vete al guano, que ya me lo busco yo, so plasta", noooo, te tiene que agradecer tu interés y todo. Coñazo, que eres un coñazo.
Vamos, que yo creo que la Historia Contemporánea deberíamos estudiárnosla sin fechas, porque cualquier esfuerzo por recuperarlas sólo conducirá a pegarle al que está al lado una charla que te pasas, que le importará tres cojones para que, al final, no podamos dársela correctamente (la fecha, no la tabarra) y tenga que buscarla en Internés.
Y cuando eres tú el que está poniéndole la cabeza como un bombo a otro, la cosa tiene un pase, pero cuando es otro el que tela pone a tí, es un estrés y un sinvivir.

viernes, 4 de febrero de 2011

¡Socoorro, las rebajas me atacan!

Dicen que es por la crisis económica, que obliga a los comerciantes a hacer ofertas realmente competitivas para salvar sus negocios, pero yo estoy atacada con esto de las rebajas. Entre dimes y diretes, tengo la sensación de que comenzaron hace dos o tres años y no han parado. Y eso es la ruina, de verdad.
Todos los sitios están empapelados de vistosos cartelillos, casi siempre rojos o, al menos, con un detalle en ese color. Debe ser que los daltónicos no tienen derecho a disfrutar de precios más bajos (¿paqué, si no saben si el traje que se van a comprar es verde o no?). Y lo flipas, porque en todos vienen unos porcentajes casi de ciencia ficción: que si 20 %, 50 %, 70 %...
Luego te acercas un poquito y, junto a la cifra, hay algún elemento explicativo, como "hasta un", "sólo escobillas de váter" o "por compras superiores a 400 €". Aun así, intentan explicarte la bicoca que te llevas y que están perdiendo dinero a espuertas.
Y que conste que yo no digo que no. Seguro que es un chollazo tremendo y ya quisiera el de la tienda haber podido venderlo a su precio oficial, que le habría dejado una ganancia efufenda. Pero, a ver, con la mano en el corazón, ¿necesitaba yo las cuatrocientas primeras temporadas de "Falcon Crest", aunque salgan un 35 % más baratas si las compras de nueve en nueve? Pues va a ser que sí, porque las llevo en la bolsa y salgo de la tienda tan contenta. Claro, y yo me digo: "soy una mujer adulta, relativamente sobria en mis gastos (tú, jodía, no te rías), así que esto tenía que ser algo absolutamente necesario para el cultivo de mi mente o la paz de mi espíritu".
Total, que ahí voy, acumulando cosas, porque hay que ver lo rebajadas que están. A pesar de que siempre me digo que no voy a comprar nada que no necesite, palabrita del Niño Jesús. Por eso me hago una lista (no, no me hago la lista, eso es imposible en mi caso, no sé fingir). ¿Qué me hace falta y puedo comprar ahora (o desde el mes de abril pasado hasta noviembre de 2025, que puede que acabe la campaña de este año) para ahorrarme dinero? Pues lo de siempre: unos vaqueros, que los que tengo se me van cayendo a cachos y ya me han dado, en varias ocasiones, limosna en el metro e incluso, una señora muy amable, unos retales de su nieta para que pudiera remendármelos yo misma. A mí, la reina de la aguja...
Como comprenderéis, esto también es coña, nadie me ha dado aún limosna pero yo misma, el otro día, al mirarme al espejo antes de salir, estuve a punto de echarme un euro.
A lo que iba, que tenía que comprarme vaqueros y, ya de paso, un par de camisetas de manga larga y un par de manga corta, para ir alternando. Hago mis cálculos y me digo: va, si está todo tan barato, con cincuenta napos me apaño.
Bueno, pues sí, mis cálculos eran correctos. Pero he pagado un precio espiritual mucho más alto: la paz de mi alma y, de nuevo, como todos los años, las pintas más astrosas. Me explico:
Me pongo a mirar vaqueros y se me cae el alma a los pies porque, efectivamente, si ves la etiqueta, te ahorras un pastón pero, aún así, de verdad, ¿alguien se atreve a meter su orondo culo en unos pantalones que, incluso rebajados, se acercan a los 150 euros? En los años cincuenta eso era media hipoteca... y tú te la pones en el culo, inconsciente degenerada.
Así que rebusco en los montones que están ahí en medio, como de baratillo, hasta encontrar una opción en la que coinciden artículos rebajados y precios realmente bajos. Guay, 20 loros (máomeno, ya no me acuerdo del precio exacto). Cierto es que debieron tomar como modelo a alguien realmente deforme (a lo mejor por eso me están relativamente bien de cintura), que son horrorosos de feos y que todo lo que queráis, que seguro que lleváis razón, pero he cumplido mi misión y me han salido a buen precio. Ya tengo pantalones para sustituir los harapos que he venido llevando hasta la semana pasada.
Resueltos los vaqueros, me pongo a buscar las camisetas de manga larga. Las malas lenguas me acusan de comprarlas siempre negras y todo son infundios y calumnias. Este año, voy a buscar una verde pistacho y otra azul turquesa, para que vean. Ughh, qué horror, qué feas, pero bueno, haré un esfuerzo...
Y resulta que me voy al stand de la marca "quetedén", que parece que está hipermegademoda y tiene lindos modelitos en espeluznantes colorillos, claro, a casi sesenta cada uno. Todo para que no se vean porque, obviamente, algo tan horrendo me lo tengo que poner debajo de una sudadera o así.
En fin, que me voy a mirar los cartelitos con los precios, en vez de los colores. Veo unos la mar de chulos, que pone "10 euros" (o algo así, ya os digo que la cifra es estimativa). Fantástico. La pena es que sólo quedan negras y grises marengos. Qué disguuuuuuuuusto, otro año sin el amarillo infienno y el azul pistacho (¿o no era así?). Pero todo sea por el ahorro.
Así, a lo tonto, llevo como tres horas revolviendo en los montones, penosa actitud que en mi más tierna infancia reprochaba a mi madre, tachándola de "plasta" porque hacía exactamente lo mismo, sólo que ella con los jerseys de punto y las faldas floreadas. No somos nadie. Snif.
Me he gastado cuarenta pavos y me quedan diez para buscar las camisetas. Pienso que, por este dinero, todo lo más encontraré una de hombrillos, de las que se ponen los marujones debajo de la camisa, que amarillean por el sobaquillo. Pero no, soy una mujer afortunada. Encuentro otro sitio, con un nuevo montón para zambullirme : "camisetas retro, dos por 12 euros". Como, insisto, la cantidad que pensaba gastarme no era exactamente cincuenta napos, sino por ahí, me digo: 20 los pantacas, 20 las camisetas de manga larga, me puedo permitir - mi ética lo permite, vamos - echarle dos eurillos de más a las de manga corta. Al fin y al cabo, son las que se ven.
Y cómo molan, oye, salgo, más feliz que una perdiz, con dos chulísimas, de Mazinger Z. Chachi. Lo malo es que también son negras. Bueno, qué coño malo, será que está de moda esta temporada.
En fin, que me imagino vestida con mis flamantes prendas nuevas... y me veo a mí misma exactamente igual que siempre, hay que joderse, lo poco original que soy, pero me he gastado lo mínimo.
Mientras, marañas de furibundos compradores remueven los puñados de la ropa a tropemil, en la que se ahorran cuatrocientos pavillos, pero necesitan nómina y media para reponer el fondo de armario. Ah, se siente. Pooooobres, con lo bueno que es ahorrar realmente en rebajas y no lanzarse a comprar por comprar (uy, cuántos libros. ¿Están rebajados? Pues no, salvo las ediciones de bolsillo de hododosas novelas románticas a 6. Pero bueno, oye, los libros es lo que tienen).
Os podéis imaginar el resto, ¿verdad? Pues sí, efectivamente. Me acabo de dejar una pasta en la librería. Y todo por culpa de las putas rebajas. Que si me hubiera quedado en casita, habría seguido vestida igual que siempre, pero sin que me costara una lata. Y ahora no tengo sitio para los libros y, además, mis colegas, los que seguían la serie de Mazinger, cuando me ven, aprovechan para mirarme las tetas y, cuando les digo que qué pasa, me sueltan eso de "fuego de pecho" y se parten la polla.
No se puede ir a las rebajas, al final te salen a precio de comunicado, se te llena la casa de trastos y se te ríen en la cara. ¿Es o no es un estrés y un sinvivir?